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Jaime de Nepas
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« en: Octubre 18, 2005, 05:38:18 » |
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CORPORACIÓN DERMOESTÉTICA
Pulsas el botón de la Corporación Dermoestética, se abre la puerta corredera y recibes en la cara un suave fogonazo amarillo que no es ninguna bienvenida, sino el disparo de una célula fotoeléctrica que busca tu cara en el archivo, y si no la encuentra, como era mi caso, pone en marcha una cinta transportadora como la de los aeropuertos y te lleva por un pasillo hasta una pequeña rotonda donde un telesillas te agarra por el culo y te traslada a un despacho donde está esa chica que sale en los periódicos enseñando la cara, las piernas, el cuello y el comienzo de las tetas. Digo esa porque aunque las chicas son dos, se parecen como dos gemelas. - Siéntese, caballero- dice una-, ¿qué se le ofrece? - Pues quiero una mandíbula cuadrada, bien marcada, como esas que se ven en el cine, que dan sombra al cuello. La chica teclea en una máquina calculadora y dice que son 35.000 euros. Cuando le digo que sí mi silla de cinco ruedas se pone en marcha y se coloca delante de otra puerta, que se abre y me enseña a otra tipa igualita a las anteriores que lleva en la mano escuadra, cartabón y calibre de plata. Me invita a pasar y sin más dilación coge un rotulador, me empieza a medir la cabeza y va trasladando las medidas a un panel que tiene en la pared. Al cabo, me veo en el papel como si me hubiera hecho un retrato exacto. - Muy bien –dice doña perfecta entregándome un álbum de fotos-, elija. Hay tipos jóvenes y no tan jóvenes, conocidos y desconocidos. Elijo uno. - Yeims Din, le alabo el gusto. - Como se llama igual que yo… La chica coge la foto, la sobrepone sobre mi dibujo y tuerce un poco el morro. La verdad es que no nos parecemos en nada, porque él tiene un rostro trapezoidal, con el lado largo en la frente, y yo lo tengo ovalado; para qué voy a hablar de la boca, los ojos o el pelo. - Le costará un suplemento de 5.000 euros porque tendremos trabajo extra- dice ella. - Adelante, adelante, ya que estamos… Coge los planos que ha dibujado, me invita a levantarme y nos vamos frente a otra puerta. Ella introduce una tarjeta magnética por una ranura lateral y se abre una puerta más ancha que la de la caja fuerte del Banco de España. La chica deja los planos en una bandeja de la derecha, se retira, yo doy un paso adelante, se cierra la puerta tras mí y… si me pinchan no sangro, porque si hasta entonces todas las paredes, suelos, techos muebles y vestimentas eran de un verde tranquilizador, monótono para mi gusto, ahora me encontraba dentro de una fragua, una herrería, con las maderas del techo, el adobe de las paredes y el suelo ennegrecidos por un polvo ceniciento de años. La pila de templar aceros no reflejaba tu cara si te asomabas a ella; la madera de olmo de los yunques estaba como el carbón; la chimenea no había visto un deshollinador en su vida. Más vale no hablar del color de las mesas de trabajo, de las herramientas, de los pliegues del fuelle que alimentaba el fuego. Los operarios, media docena, vestían de mono azul mahón con mandiles de cuero, gorro indefinible sobre el que tenían caretas de soldador, y guantes de calderero.
El que parecía encargado, un tipo ancho de grandes mostachos, cogió los planos, los miró de un lado, de otro y el papel ya tenía marcadas todas las huellas del mundo. - Estupendo, señor Jaime- dijo-, al guaperas éste no lo habíamos copiado nunca, pero siempre hay una primera vez, ¿verdusté? Y ahora, permítame que le ofrezca nuestra opción fantástica: por sólo un suplemento de 3.000 euros le clonamos a usted y puede ver su propia operación tan ricamente. - Joder –dije yo-, cada vez que abro una puerta me suben la tarifa. - Bah, si se nota a la legua que usted tiene pasta. - Para pasta ustedes, con estos precios… - Pero qué dice, la pasta se la llevan esos, los de verde, nosotros somos una puta subcontrata. - Si, si, los de verde –dijo un joven que accionaba el fuelle tirando de una gruesa cadena-, y usted señor encargado, ¿qué? Buen dinero que se lleva. Aquí los desgraciados somos nosotros. Aquí me tiene, diez años en el tajo y con contrato de prácticas a setecientos euros al mes. - ¿Sabuste lo que pasa? –me dice el encargado al oído-, que los jóvenes de ahora no aguantan ná. Bueno ¿qué me dice? - Que vale, ya puestos. Me meten en un nicho cuadrado y en cinco minutos me sacan, pero al lado mío hay otro como yo. Al original, vamos a llamarlo Yeims Din, lo dejan allí, y a la copia mía la suben a una plataforma de unos tres metros de altura. - Con su permiso –me dice el encargado mirándome hacia arriba y llamando a tres obreros con un chasquido de dedos. Ponen sobre una plancha al que va a ser Yeims Din, lo agarran con cintas y abrazaderas, lo ponen en vertical y con una especie de motosierra silbante dan un corte limpio en la cabeza de tal manera que los maxilares quedan separados. El encargado coge la media cabeza superior y dice, - Buena sandía- y la lanza por el aire para que otro operario la coja al vuelo, pero se le cae al suelo por la parte plana. La limpia con una escobilla negra, le aplica un grifazo de agua y se la lleve a otra mesa. Cuatro obreros se ponen a trabajar simultáneamente con ambas partes. Tubos delgados de plástico transparente se acoplan a las semiesferas y trasfunden la sangre sin que se caigan al suelo más allá de media docena de litros en toda la operación. Los dientes los extraen con desatornilladores eléctricos, pero antes de sustituir las piezas por otras más grandes fuerzan las mandíbulas con sopletes hasta que coinciden con los planos de la foto del Yeims Din. El abombamiento y amplitud de la frente la logran vaciando de cerebro el casquete y sometiéndolo en el banco a una gran presión. Los pómulos los adelantan con dos limpios martillazos, la boca la rajan a cuchillo y los labios los rellenan con polvo de paja comprimida. Ambos equipos terminan a la vez, acoplan las partes y las sujetan con una abrazadera vertical que permite cubrir el rostro y el cuello con una piel de cerdo lechón. Luego retiran la apretadora y espolvorean la cabeza con un espray incoloro. A los dos o tres minutos el tipo abre los ojos y los mueve. - Bueno, señor Jaime, casi hemos terminado –me dice el encargado quitándose los guantes-, pero permítame que le ofrezca una última opción, que me ha caído usted muy bien. Por la módica cantidad de 10.000 euros le podemos dar opción a ser un hombre nuevo o a quedarse como está. - Pero hombre de dios –le digo- si me quedo como estoy ¿para qué he pagado todo el dineral? - La experiencia manda, hay gente que después de la operación dice que no, que se queda como está ¿sabusté? - Otra cosa, como le han agrandado el cráneo, ahora el cerebro no llega a las paredes y el pobre irá bamboleando de un lado a otro. Menudo dolor de cabeza me espera. - No señor, burro mal esquilao a los ocho días igualao. Pues aquí pasa igual, en una semana se le acopla el uno al otro y ya está. Garantizado. Bien, ¿qué escoge? - Denle al operado una loncha de jamón de Guijuelo y una copita de manzanilla –ordeno. - Pata negra no –dice el encargado-, pero la parienta me ha un puesto un bocata de jamón de Teruel que está pero que muy bien, y en cuanto al vino no tenemos manzanilla pero en la bota hay vino de Calatorao, que no vea usted cómo te deja el cuerpo. Doy el visto bueno, y le largan al operado un poco de jamón y un trago de vino. - ¿Qué tal, majo? –le pregunta el encargado. - Sabe a chicle y a meao – dice el Yeims Din tras chasquear la lengua. - Bájenme de la plataforma, que tengo bastante- digo-. Al Yeims Din ese lo pueden tirar por un barranco, no te jode, pues vaya una operación. Me quedo con la copia, me quedo como estoy, o sea, como estaba, y no les pagaré ni un euro. - ¡Oiga, oiga! –dice el encargado-, ¿qué pasa con nuestro trabajo? - ¿Le llaman trabajo a esa chapuza? Venga hombre, no me tome el pelo, les daré 500 euros por ver la operación y no se hable más. - Sepa usted que los clonados están en nuestras manos. Le damos al off y desaparece usted. Así que afloje la pasta. - Pues si le da al off no cobrará ni los quinientos euros, no te jode.
Di un portazo tras otro y me largué.
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