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« en: Junio 03, 2009, 03:14:15 » |
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Él encendió un cigarrillo, y después puso la tele. El locutor era un ruso atlético: alto, rubio, con la cara y el cuerpo cuadrados. Ella se hizo la dormida. Aunque él no entendía ruso ella sabía que no cambiaría de canal. Le gustaba ver la tele en ruso, a pesar de no entender nada de aquella lengua. A veces ella se lo traducía, pero a él le daba igual. Era un ser raro, especial. Por eso ella lo había elegido. No solo era el amante perfecto sino también el mejor padre. Todas las mañanas se levantaba temprano, ponía el mantel en la mesa de la terraza, con flores recién cortadas, margaritas, o pensamientos, o peonías (estas últimas porque a ella le gustaba esa palabra), y preparaba el desayuno para toda la familia: leche sin nada, tortitas, zumo de mandarina y mermelada de frambuesa. Y cómo se reía por todo. Y si con los niños era un sol, aun era mejor con ella. Y la llevaba a montar a caballo, porque tenía un caballo bayo, o negro, un caballo buenísimo, elegante, siempre dispuesto, y dos ponis para los niños… Para las niñas mejor, Alejandra y Natacha, eso, Alejandra y Natacha, que daba gusto verlas trotar con aquellos caballito de peluche marrón y blanco, o todo blancos, atravesando la pradera… No sabía si había ponis completamente blancos. Ella no había visto ninguno, pero eso no quería decir nada: seguro que los había, se los había traído él: Hanfri Miamor, de Canadá, donde los indios cabalgan antes de destetarse, antes incluso de aprender a andar o a decir mamá. El locutor, en la tele, dijo que iba a empezar el concurso de “Literatura Imposible”. A ella le encantaban los concursos, al fin y al cabo, qué era la vida sino un concurso, y a ella precisamente le había tocado un cuerpo espléndido solo para él. No pensaba sentirse culpable por ello, “lo siento bonita”, la vida es así, las reglas son invariables, para qué darle más vueltas. Había tenido suerte y punto. Él apagó el cigarro y comenzó a vestirse. El presentador, rubio y con el cuerpo y la cara cuadrados, preguntó en qué capítulo del Ulises de James Joyce, Leopoldo Bloom se cambiaba el jabón con aroma citrón-limón, del bolsillo de detrás al de delante. “En el doce”, contestó uno de los concursantes, uno con voz de pito. Él se puso los zapatos y se abrochó la correa. Hanfri Miamor. Pero el presentador dijo que en ninguno, que en realidad había cambiando el jabón del bolsillo de delante al de atrás. Y después: ¿Cuantas veces aparece el nombre de Gregorio Samsa en la metamorfosis? Dos oportunidades. Ella abrió los ojos sin abrirlos y vio, a través de las pestañas, cómo él sacaba varios billetes de la cartera y los dejaba sobre la mesita. Uno de los concursantes contestó que seis mil quinientas. Y abría la puerta, dudaba, volvía para dejar otro billete; todo turbio: él, los billetes, el cuarto, el aire, la música que subía de abajo y se asomaba indecisa. Hanfri Miamor cerró la puerta. “Muchísimos menos” dijo el presentador del concurso.
Ella notó como le picaban los párpados por dentro. Aun se escuchaban sus pasos bajando la escalera, goteando, cada vez más lejos. Natacha, Alejandra… Sintió un frescor repentino en el rabillo del ojo izquierdo. “Tres mil”, volvió a decir el concursante.
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