VÍA CRUCIS
Su primer misterio:
Tenia 7 u 8 años, no recuerda bien Agustín, cuando
un domingo su abuelo le llevó a la Estación del Norte para montar
en una maravillosa máquina eléctrica de dos cabinas de conducción.
Iban a llevar unos vagones hasta la estación de Pozuelo.
Su abuelo, jubilado de la antigua compañía M.Z.A., mantenía
amistad con otros ferroviarios de la recién creada RENFE. Agustín
había estado varias veces en la Estación del Norte con su padre.
En esas ocasiones, al finalizar el recorrido del anden, se quedaba intrigado,
como embelesado, observando la lejanía, allí donde las vías
se juntaban y la vista ya no le alcanzaba. Imaginaba que más allá
de esa línea, se debían ocultar cosas misteriosas y dignas de
descubrir. Estaba seguro que le llenarían de gozo. Sentía envidia,
cuando veía partir esos largos trenes con destino a Galicia y la suerte
de sus viajeros.
Pero después de todo, este domingo, iba por fin a superar la línea
de su primer horizonte y descubrir el misterio.
Llegar a Pozuelo les llevó unos minutos. Una vez allí, traspasada
la línea misteriosa, sintió que no había encontrado lo
que esperaba. Se quedó un tanto fustrado.
- ¿Que haremos ahora, abuelo?
- Pues cuando aparten los vagones y nos den vía libre, regresar por donde
hemos venido.
Desde la cabina, Agustín fijó su mirada en la lejanía,
hasta donde la vista no le alcanzaba y las vías parecían juntarse.
- ¿Que hay más allá, abuelo?
- La estación de Las Rozas.
Agustín pensó, que el misterio aún no encontrado estaría
más allá. En donde su vista no alcanzaba más y las vías
perecen juntarse. Seguro que se esconde en la estación de Las Rozas.
Su segundo misterio:
Apareció en el pueblo de la mano de una mujer muy vieja.
Nada más bajarse del autocar que las trajo de la capital, las vio, en
medio de la plaza, con una maleta de cartón atada con un cordel, a los
pies, y le agobió la compasión hacia esa soledad que arrastraban.
Un golpe de viento alzó el vuelo de la falda de la niña, dejando
al descubierto dos muslos descarnados. Agustín siguió chocando
las canicas con la mano dentro del bolsillo mientras ellas dejaban la plaza
y subían la calle hacia el barrio pobre.
Su madre hablaba de las recién llegadas con las vecinas en voz baja,
y él cogía sólo alguna frase suelta antes de que dijeran
aquello de cuidado que hay ropa tendida. "Pobrecilla". "Una tragedia".
"Ese mal hombre". "¿De qué van a vivir las dos".
"Quitarse la vida de esa manera". Tal vez su interés por Ana
habría volado con el soplo del aire si no hubiera traído con ella
la tragedia y el misterio. Lo que en otras niñas era vulgaridad, comenzó
a parecerle extraordinario en ella.
Su tercer misterio:
Ana tenía unos ojos que podían ver dentro de él.
Negros y grandes. Los ojos negros atraviesan a quien los mira y descubren lo
que piensas antes de que lo hayas dicho. Pero ana iba siempre un poco más
allá, algunas veces sabía las cosas incluso antes de que él
las pensara. Aquella tarde, sin el buscarlo, le llevó a pensar en las
vías, en el lugar misterioso donde los raíles se juntan.
- Es el infinito -dijo ella- lo dijeron en el cole.
- ¿Y que hay allí?
- Raíles que se cruzan, rayas que se cortan, estrellas; de todo.
- Debe ser precioso.
- Sí, seguro que lo es.
Pozuelo, Las Rozas... El mundo ya no es tan grande, solía decir su abuelo.
Sí, estaba seguro... El infinito no podía quedar muy lejos.
Su cuarto misterio:
No se podía decir que Ana hubiese ido al lugar de sus sueños. Embarrado y lleno de suciedad como era aquel lugar, no suelen aparecerse los príncipes. Pero Agustín lo parecía. De hecho, lo era. De familia de ferroviarios, pronto la llevaría cabalgando por los raíles a la estación en la que aguardaba su padre. Y esta vez las maletas, no llevarían cordeles que las sujetasen; no llevaría malas cerraduras en su equipaje. Pero ahora las maletas no eran las únicas de cartón. También estaba su corazón. Y sus ojos negros, ventanillas de dos pilotos del tren de la esperanza.
Su quinto misterio:
Agustín traía dos melocotones, uno en cada mano.
-Ten, elige, están muy buenos, además, quitan la tiza de las manos
–Ana fue a coger el más grande y Agustín retiró la
mano, llevándoselo a la boca; le dio un mordisco y le ofreció
el pequeño. Añadió:
-Cómelo deprisa, quiero enseñarte una cosa.
Saldrían antes que el sol. Ella llevaría la comida y él la navaja de su abuelo y el cordel de la persiana. Ninguno de los dos cenó. Los dos se fueron a acostar pronto. Ninguno de los dos se metió en la cama. Los dos sacaron, cada uno de su escondite, el hueso de melocotón que Agustín había agujereado y entreabrieron sus ventanas. Primero sopló Agustín. Ana sonrío detrás de su ventana, se llevó el hueso a los labios y sopló. Todo estaba a punto. Antes que el sol se verían donde la vía.
Su sexto misterio:
De nuevo sobre el tren, acompañados del abuelo.
- ¿A dónde vamos hoy, abuelo? ¿Llegaremos al lugar donde
se juntan las vías?
- ¿Quién es esta chica tan guapa?
- Me llamo Anita.
- ¿Tú también quieres saber dónde se juntan las
vías?
- Bueno.
Repitieron el itinerario: Estación del Norte, Pozuelo, Las Rozas... Agustín,
ya nervioso, le explicaba todo a Ana.
- Ayer llegamos hasta aquí, pero las vías se juntan más
adelante –señalaba al norte-. ¿Qué hay allí
abuelo?
- Será la estación de Las Matas, pero después está
Collado y, un poco más lejos, se llega al Escorial.
- Pero yo quiero llegar a donde se juntan las vías. ¿Es allí?
El abuelo miró a los dos en silencio y les pidió que lo siguieran.
El tren se detenía en Las Matas. Los condujo al descansillo y les hizo
asomarse desde la plataforma.
- Mirad hacia atrás; ¿véis? Hacia Madrid también
se juntan las vías.
Era hora de volver.
Su séptimo misterio:
- Abuelo ¿más adelante están los sitios
invisibles?.
- Ahí están.
- ¿Es invisible el Norte?.
- Es invisible mientras no lleguemos.
- Pozuelo era mejor antes, cuando no se veía.
- Eso es lo malo de llegar a los sitios invisibles, nunca son cómo uno
imaginaba.
- Y más allá está el mar, seguro que hay mar ¿Está
el mar detrás de Las Matas abuelo?.
- Está el mar Agustín, está porque lo llevamos nosotros,
lo llevas tú sin darte cuenta, lo transportas en secreto por si acaso.
Su octavo misterio:
Hicieron el camino de regreso en silencio, llegarían a Príncipe Pío pasando de nuevo por Las Rozas, Majadahonda, Pozuelo y Aravaca. Allí terminaban las vías pero no se juntaban, aunque ninguno se atrevió a hacer ya preguntas ni comentarios. Salieron callados hacia una cafetería, mientras el abuelo cruzaba los dedos de la mano que tenía dentro del bolsillo.
Noveno y último misterio:
A veces las vías se tocan cuando nadie las ve. Una noche se cruzaron y ellos estaban allí, debajo de una caricia; no las miraron, no necesitaron verlas para saber que había ocurrido. A veces da tiempo a pensar un deseo mientras un meteorito cruza el cielo. A ellos le sobró medio segundo. Luego crecieron y se fueron separando. Agustín sigue persiguiendo el lugar donde se cruzan las vías, pero ya no le importa llegar. Ella cuenta cuentos los domingos en un parque y, cuando los niños la rodean con los ojos abiertos y el cuerpo como vacío, sabe que el infinito está justo allí. Después el lugar pasa y, si se volviera para mirarlo, lo vería alejarse. Pero ella nunca se vuelve... Sabe que no hay que parpadear cuando las estrellas atraviesan el cielo.
Lola Sanabria – Pepe Lillo – Francisco M. Aguado – Ruben Bort – Julian Orozco – Ventaniana – Delia Aguiar – Rosa Llopis – y Juan Leante
RÍO ABAJO
El agua le entraba por las cuencas de los ojos y le recorría la mandíbula convertida en remolino. Le acariciaba el esternón y las costillas ahuecadas por la podredumbre, y por el apetito voraz de los peces, y se alejaba de él tras agitar unos calcetines deshilachados que, inexplicablemente, después de todo aquel tiempo, seguían dentro de las botas; adheridos a sus pies...
Le gustaban los ruidos del agua, y el del viento atravesando
las cañas que erizaban de verde las orillas y más allá.
Nunca se había sentido tan a gusto como ahora que se deshacía
en medio del río y se convertía en nada... Llegaría al
mar, estaba seguro, solo era cuestión de tiempo. Allí, le esperaba
ella; hacía tiempo que le esperaba. Él se lo prometió un
día. Nadie iba a evitar su encuentro esta vez...
Río arriba va un pescador con botas altas, cucharillas y anzuelos, agita
la caña y busca, lanza la caña y busca, y se deja llevar en contra
de la corriente; buscándose, siempre más arriba... Una claridad
de huesos tiembla bajo el agua, sobre la pizarra que cubre el lecho del río.
El pescador se acerca y mira... Y él, o lo que queda de él, intenta
esconderse de su mirada entre las sombras de un recodo, bajo los sauces; pero
es inútil, ya nunca llegará al mar, ni a verla, ni a nada...
De reojo, lo que ve el pescador es una mancha blanquecina en el centro de la poza. Mientras devuelve la truchita al agua librándola de la potera, esa mancha está ya a sus pies. Quizá una simple osamenta, de algún jabalí, o de un corzo, pero no logra identificar... Sí, sí, ahí está el espinazo, las costillas... La parte superior es un amasijo indescifrable; hacia abajo, ¿caderas?, ¿fémur?, ¿rodillas?, ¿tibia? ¡calcetines! ¡botas! ¿Qué demonios pasa? Un correaje o cinturón rodea el tronco. Por los pies, calcetines pegados a las tibias desnudas y amarillentas; botas verdes... Nunca volverá a pescar solo.
Si al menos diera tiempo a que llegara otro golpe de agua.... uno grande, lo suficientemente grande para arrastrar su cabeza o lograr que se desprenda del todo una de sus manos. Si alcanzara la cabeza el océano sería como si hubiera llegado él. A ella entran y salen sus recuerdos (cómo antes), a ella viene y va la promesa que le hizo (igual que antes) flotando como pez en el agua (qué ironía), en el agua cómo un pez, en el agua como él, lo que queda de él ahora – aún queda la cabeza, aún están sus manos -Ahí sigue también el juramento, sumergido a ratos, ahí, sin poder irse, nunca terminan de irse las promesas. Si fuera arrastrada una de sus manos al menos él podría tocar el mar íntimamente: si toca la osamenta de algún modo toca también el alma.
El fondo del mar, lo más difícil es tocar el fondo de la inmensidad (se anima) y él podría hacerlo todavía puede hacerlo. No, lo más difícil es poder llegar. Si al menos diese tiempo a que llegara otro golpe de agua...
El pescador se inclina un poco más, deja que las aguas se aquieten. Observa. Abajo descansa un hombre, recostado entre pizarras. Puede ver ahora sus huesos recubiertos de músculos, de un vello suave, los antebrazos. Puede ver, nítidos, sus ojos abiertos, del color de las pizarras. Su pelo alisado por el agua. Se inclina un poco más. Lleva pantalones y camisa caquis, botas lustrosas por cuyas bocas asoman los calcetines grises. El pescador ve las aletas de su nariz moverse, también sus labios se abren, quiere decirle algo. Se inclina un poco más, coloca la mano izquierda tras el pabellón de la oreja. Arriba, sobre el cerezo, los gorriones no dejan de alborotar. Se vuelve, cruza con un dedo su boca. Y entonces se produce el milagro. Todo calla, todo menos el cuerpo sumergido, todo menos los labios que ondulan el agua desde abajo hasta llegar a la superficie de donde saldrán las palabras.
La oreja a ras de agua, recibe el mensaje, lo ordena, lo lleva hasta el oído y de allí al cerebro y se hace deseo y petición. El pescador sonríe a la osamenta que ahora se aquieta y calla en el fondo del río. Entiende. Se gira, buscando. Arriba, entre las ramas del cerezo, los gorriones vuelven a entrar y salir y a quebrar el aire de alegría. Pero los juncos apenas se mueven. No habrá un golpe de viento que haga remolinos en aquellas aguas de peces y hombre abandonado. El pescador se endereza, busca. Alza un brazo y arrastra una rama en forma de horquilla, tira, la rompe. Entra la madera al agua y parece que se dobla, pero no es así, atenaza entre sus dos dedos nudosos la mandíbula y el pescador tira, despacio, y arrastra todo el esqueleto y lo lleva río abajo, río abajo, sin prisa, al encuentro con el mar.
Baja fuerte el arroyo, por el deshielo de primeros de mayo. Va el agua cristalina, desbocada, como con ansia de abrazar al padre río y, más allá, a la mar. Duda el pescador, con la mano en el cesto y los ojos puestos a mediodía. ¿Atlántico? ¿Mediterráneo? Nada de eso, la siguiente poza. Los hombres tienen normas, los torrentes represas y los días, prisa. Es hora de volver. ¿Qué hará con las truchas pescadas?
Emma Sanpedro, Julián Orozco, Raquel Rodríguez, Lola Sanabria
García, Julián Orozco.
Marzo 2004
JULIA
Julia llegó a la estación de Atocha con algo de
adelanto. Se sentó en un banco para hacer tiempo y revisar mentalmente
su equipaje. Cuando creyó que todo estaba controlado, se entretuvo en
releer la hoja que le habían suministrado en la agencia de viajes:
“En el anden dos, le espera una azafata frente a los Wagons Lits de color
pardo y crema. El Medina Azahara es el coche recepción y club, en el
cual se dará la bienvenida y le entregaran la llave del compartimento.
Construido en España en 1930, su lujoso interior resplandece con sillones
tapizados en cuero, mesas taraceadas, cristales biselados y recubrimientos de
nogal.
Los coches cama, comenzaron su vida en Francia, en los años 20. Están
restaurados al estilo de la belle époque, llevan dos espaciosas suites
dobles cada uno, con su ducha y baño privado.
Las sábanas blancas y crujientes y las mantas, muy suaves, de lana.
En el techo abovedado de la cabina, de color crema, observará que está
adornado con cuatro lámparas en forma de flor de estilo art-déco.
Las paredes tapizadas de nogal. Dos puertas empotradas revelan un lavabo y un
espejo, una bolsa de aseo, toallas y un albornoz. Hay cajones para la ropa interior
y un guardarropa colgante para trajes y vestidos.
La cena de bienvenida se servirá en el restaurante Alhambra, uno de los
vagones suntuosamente amueblados en 1929 en Francia.
La cena será formal y al estilo español. Gambas variadas rebozadas,
salmón ahumado, croquetas de pollo, terrine de foie y tartaletas de champiñón
como entradas. Seguirá langosta a la vinagreta y un filete de ternera
con tomates rellenos. Como acompañamiento un Viña Ardanza. Tarta
Alaska, fruta fresca, café y petits fours para rematar la cena.
En el coche salón Giralda habrá licores, puros y baile para quien
lo desee.
Cuando vaya a acostarse requiera de la azafata el programa para el día
siguiente”
Al terminar la lectura se dirigió al anden 2, donde estaba
estacionado El Al Andalus Expreso. Tras mostrar su billete a la azafata, sintió
que traspasaba una frontera que la situaba en otro mundo. Durante los tres días
que duraba el viaje iba a pasar de esclava a princesa. Confiaba en perder la
torpeza, para que no se notaran sus orígenes.
Pero a poco de subir al tren se sintió presa de la agitación y
el nerviosismo. Azarada ante tanto lujo, no reparó con dos elegantes
señoras a las que arroyó torpemente.
-¡ Perdón! Discúlpenme, iba distraída.-
Pero ambas mujeres lo tomaron como una estupenda oportunidad para entablar conversación.
- No se preocupe querida, no es nada. Eso se soluciona tomándonos una
copa en el bar-
- Muchas gracias. Mi nombre es Julia.-
- Encatanda, el mío Ana.-
- Yo soy Yolanda. Encantada.-
A - Venga querida. Vamos a celebrar el encuentro.-
J - Pero es que yo...
A- Pero es que nada querida...
J- Pero yo tengo aun que buscar mi compartimento, debo dejar allí mis
maletas....
Y- Maletas?, las llevan los sirvientes, nosotras tenemos que celebrar nuestro
fortuito encuentro.
Julia no sabía que decir, ella no tenia sirvientes, mas bien era uno
de ellos. Pero por otro lado, si en su primera ocasión de conocer personas
distinguidas salía huyendo, el resto del viaje podría resultarle
una pesadilla. Así que haciendo acopio de todo el valor que pudo reunir,
penso rápido como excusar a sus sirvientes.
J - Bueno, en este viaje he decidido hacer una excepción y decidí
vivir la experiencia de viajar sola, sin nadie conocido ni siquiera mis sirvientas.
He oído decir que puede ser muy enriquecedor a nivel personal, ustedes
que creen?
A- Uy, lo mejor del mundo. Lo que se pierde en compañía se gana en reflexiones. Después de quedarme viuda fue el único ejercicio que me salvó de la depresión. Imagínate, querida, que mis hijos eran ya mayores y ¿qué me quedaba a mí? ¿quedarme en casa tejiendo para los nietos? No, no lo hubiera soportado. Un buen día reuní mis artículos más necesarios, cerré el caserón de Serrano y me decidí por la vida diletante y nómada. Cogí un tren a París, de lujo, claro, nada menos que a París, donde había escuchado que el arte es como las piedras, que en cada esquina hay una obra. Después fue Holanda, Suiza, casi toda Europa circulando sobre las vías. Al principio me costaba relacionarme, siempre he sido muy hogareña, pero poco a poco fui entrando en el juego y ahora ya ves, si me dejan no paro.
Julia miraba algo asustada, pero por un momento tuvo el consuelo de aquella historia, en la quizá Ana también había pasado por lo mismo en aquel primer viaje a París. Pero aquella idea duró sólo un instante fugaz, porque nada tenía que ver ella con aquella mujer que había vivido entre algodones. Ella no sabía lo que era sacar brillo a un suelo de mármol con las rodillas clavadas en el suelo, ni sentir cristales clavados en los brazos al quitar el polvo a los objetos durante una mañana entera. Si Ana había tenido ocasión de ver alguna vez el humo, no era precisamente el que desprende una cocina al freír las patatas y la cebolla, sino el de algún tren de vapor alejándose en un paisaje de ensueño.
Ana hablaba y hablaba sin descanso mientras subían al
tren. Julia se sentía mareada con tanta palabra dulce. Viajes, hoteles,
paisajes, comidas... Yolanda, se mantenía a cierta distancia, observando
a Julia como si la estudiara.
Se despidieron para irse cada una a su compartimento con la promesa de cenar
juntas. El resto del tiempo, Julia lo pasó sacando el neceser, la falda
negra, la blusa blanca, el vestido salmón de organdí y el azulón
de encajes, los chales y los bolsos a juego, las sandalias plateadas, las doradas,
y el frasquito de perfume. Dejó primero el azulón sobre la cama,
luego lo cambió por el salmón, después volvió al
azulón y así hasta que la hora se le vino encima y tuvo que decidirse.
Cuando salió con el vestido de organdí rozándole los tobillos,
dejó atrapado en el compartimento un intenso olor a lilas.
Le gustaban las lilas desde que era pequeña, porque su madre la llevaba a veces con ella a casa de los señores dónde servía, y Julia mientras, la esperaba jugando en el jardín, a la sombra del árbol cargadito de lilas. Aquel aroma tan penetrante, la transportaba siempre a los recuerdos del pasado, los más felices, porque disfrutaba de algo que le era gratuito, imaginando poseer aquel jardín que ella se encargaba de poblar de personajes con los que iba y venía por el mundo. También había en sus sueños señoras como Ana y Yolanda, con las que hablaba sentadas en bancos de estilo gaudí, cuyas piedrecitas de colores rojos, verdes y amarillas, se desgranaban caprichosamente en dibujos que le agradaban, pero que no entendía lo que representaban. Los bancos se disponían alrededor de una mesa redonda, también del mismo estilo, pero en el centro, había un disco cobrizo semejante al que ahora acababa de ver en el bolso de Yolanda. Aquel disco solo podían tocarlo los señores de la casa.
Julia trajo su recuerdo al presente, mientras caminaba por el pasillo que conducía al comedor, y estaba decidida a sentarse al lado de Yolanda.
Cuando llegó a la sala, llena de personas unas de pie y otras sentadas, se dio cuenta de que ninguna de sus nuevas amigas había llegado aún; como pronosticaba una reunión densa, cargada de comentarios y observaciones a las que no estaba acostumbrada, se acercó a la barra y tomó asiento en una banqueta. Pidió un gin tonic para rebajar los nervios, y aunque el moño que se había recogido en lo alto de la cabeza le producía un dolor tortuoso, decidió aguantar y pensar en otra cosa. "Estas reuniones son así, la buena presencia ante todo", se dijo así misma.
A esas alturas el gin tonic ya se manifestaba con un leve calor de estómago, y tuvo cierta sensación de júbilo que no acababa de entender. El alcohol no era una de sus bebidas habituales, lo había tomado alguna vez en las fiestas con la familia, en días contados, y ésa alegría producida la había asociado siempre a la cercanía de sus seres queridos. Cuando llegaron Ana y Yolanda, Julia mantenía la sonrisa congelada en lo alto de la butaca, pacífica, difícil de ver en las personas sobrias. Sus amigas la saludaron y ella devolvió el saludo, a la vez que se quitaba la pinza de la cabeza. El cabello se deslizó por sus hombros y se puso en pié con seguridad. Estaba en plenas facultades, y no dejaría de ser quién era por haber leído un catálogo explicativo, escrito con escuadra y regla, por algún supervisor enchufadillo de Renfe.
La cocina del coche restaurante bulle de actividad. Entre cacerolas
abolladas pero con un lustre inmaculado, resuena la voz del jefe de cocina:
-¡ Vamos, vamos¡ la cena se sirve en Aranjuez y vamos retrasados.
¡Antonio¡ ¿Están las mesas terminadas?-
- Faltan las flores.-
- ¡Coño¡ y a que estás esperando.-
Para sus adentros Antonio contestó:
- ¡Vete a la mierda¡ Estoy harto de servir a estos parásitos.
No soporto sus comentarios ni sus educadas peticiones que hay que atender al
instante o pasan a dar la queja al maitre. Atajo de inútiles. Pico y
pala les daba, a ver cuanto aguantaban-
Antonio tiene 30 años, ha pasado toda su vida laboral
en la restauración. Odiando como odia este oficio, nunca lo abandonó.
Vino a parar a esta compañía hace 6 meses. Soltero, bien plantado,
vive con sus padres y se considera un solitario, deseoso de algún día
poder dedicarse a su afición preferida, la literatura.
El tren salió de Atocha a su hora. En su lenta marcha pasa por la estación
de Valdemoro. El paisaje de edificios emboscados en la oscuridad, no acompaña
con el lujo de la composición. Razón por la cual siempre sale
de noche.
Antonio colocó las rosas en cada mesa y repasó con desgana hasta
el último detalle.
El maitre le ordenó retirarse hasta nuevo aviso, recordándole
antes que se cambiara la chaqueta, tenía un cerco en la manga.
Antonio no se atrevió a responderle pero pensó:
- Eres un pelota asqueroso. Eres peor que ellos.-
Antonio, al salir de la cocina, pasó por delante de la sala donde estaba la gente que despreciaba, y dirigió una mirada caída, de las que él acostumbraba a prodigar cuando se sentía a disgusto. En aquél momento Julia se fijó en él y pensó que el calor del licor, también le había calentado los carrillos. Antonio, sin saber porqué volvió la cabeza para mirarla y dijo en voz baja: otra de tantas…
Las ventanas de la nariz de Yolanda se abrieron y cerraron levemente,
olfateando el aire. Ana la miró un instante con atención, intercambiaron
un gesto y después, las dos se cogieron cada una de un brazo de Julia
y la acompañaron hacia una de las mesas.
- Estás...-, comenzó Ana
- Espléndida, querida -, terminó Yolanda.
Dentro de la confortable nebulosa de su cabeza, Julia sintió un pequeño
mordisco de inquietud. El maitre, en posición de firme, se mantenía
a distancia.
- ¿Qué vais a cenar vosotras?-, preguntó con el desparpajo
del gin tonic aún en sus venas.
- Bueno, querida, creo que el menú ya está decidido.
Julia se sintió algo estúpida.
- Pues mientras nos sirven, más de lo de antes. Gin-tonic para todas.
Entre los gin-tonics y el Viña Ardanza del que Julia se sirvió
generosamente, acabó la velada muy animada. Hablaba sin parar y sin ningún
tipo censura. Les contó su vida, les dijo de dónde venía,
cuántos esfuerzos y " cuantas mierdas, con perdón, porque
yo sé que vosotras no sois de esas, pero, en fin, que cuantas mierdas
había tenido que quitar a las señoronas, para poder pagarse el
viaje. Y bueno, ya puestas, os digo que tengo mi dinerito porque, la última
señora con la que estuve, antes de morir me dejo sus ahorros, aunque
no sé a cuanto asciende, que no creo que a mucho pues hay que ver cómo
vivía la muy asquerosa..." Y Ana y Yolanda, la escucharon con una
sonrisa puesta y la mirada perdida en su interior hasta que decidieron que era
la hora de arrastrar a Julia hasta su compartimento.
Les costo trabajo, pero al final, accedió a que la acompañaran hasta la puerta. Por el camino, se encontraron con un camarero y Julia recordó haber cruzado su mirada con él, antes de la cena. Se despidieron educadamente, sin poder insistir en ayudarla a desvestirse:
J- Gracias, sois muy amables, pero ya me encuentro bien, y no
quiero que por mi culpa os entretengáis más. Hasta mañana,
ya nos veremos en el desayuno.
A- Pero si necesita algo, no dude en solicitar nuestra ayuda, querida.
Julia, entro en la habitación y se tumbó en la cama mirando al
techo, la cabeza le daba vueltas, pero la imagen del camarero también
daba vueltas, y juntas, una sensación de flotar, que no sabía
bien si se debía al gin tonic y al vino o a algo mas.
Al cabo de un rato le venció el sueño, paso la noche soñando con todo lo que había vivido ese día. Ese nuevo día, que le decía que algo nuevo empezaba a surgir dentro de ella y, entre tanto decía el sueño, se mezclaba la imagen de aquel camarero, y cuanto mas le decía éste, más nítida se hacía su imagen...
No amanecía. Lillian Hellman entraba en su sueño de la mano de su amiga Julia y ella, la otra Julia, la que ahora duerme acunada por el traqueteo del tren, siente un dolor profundo, un pinchazo. "Ahora la pintura ha envejecido y he querido ver lo que fue para mí una vez, lo que es para mí ahora". Aquel "Pentimento" le revela otras realidades ocultas en su cabeza, tapadas por manos y manos sucesivas de pintura.
- Otra de tantas-
Antonio, según termina de pronunciar la frase, siente que no está
seguro de su afirmación. Le ha impactado su cara, sus ojos, sus manos.
Hay algo en ella que no es igual a sus acompañantes.
Nota en su interior que esa mujer es accesible, que no le resultaría
difícil enamorarla. Se sabe atractivo, aunque nunca presume de ello.
En su cabeza se manifiesta un gran deseo de cómo aprovechar esta oportunidad.
De, encontrar el pretexto para coincidir con ella. El problema, poder librarse
de los dos callos que la acompañan. No va a esperar al servicio de desayunos
para volver a verla. Piensa en un pretexto para calmar su excitación.
Una vez terminado el servicio, lustrada la cocina y recogidas
todas las mesas, Antonio se asoma por una ventana del tren. Le gusta esa oscuridad
que se mueve, las luces de las casas que con la velocidad imitan estrellas fugaces,
dejando un rastro de luz para pedir deseos. Y el cielo, sobre todo el cielo,
el mejor lugar para descansar la vista.
El pasillo ya se ha quedado desierto, es lo que tienen los pasillos, y las puertas
de los compartimentos se alinean todas cerradas. Tras ellas imagina a los viajeros
tendidos sobre sus camas, cada cual con sus temores en esa batalla que todos
tenemos con nosotros mismos antes de dormir. Ay, si él pudiera hablar
con alguien. De cualquiera agradecería un rato de conversación
banal, porque servir cenas no ha sido, una noche más, el ejercicio más
reconfortante. Nada de hablar de historia, ni de política, sólo
de la buena noche que hace o de lo exquisita que estaba la cena. Pero las puertas
persisten en su quietud sobre un tren que viaja a más velocidad que nunca.
Julia se encontraba revuelta y algo mareada. Por el telefonillo
solicitó a la azafata un té.
Cuando esta entró en el bar, Antonio estaba escribiendo en una de las
mesas. Al entrar la azafata, Antonio se removió en la silla cómo
a quien le sorprenden haciendo algo malo.
- Lleva al nº 16 un té con limón, por favor.-
Ante la puerta, Antonio se sintió incomodo. ¿Que espécimen
abriría? Y lo peor sería cuando tuviera que rechazar la propina.
Era lo más humillante. Finalmente dio tres golpecitos.
- Buenas noch..., perdón, le traigo el té que solicitó.-
- Pase usted por favor, déjelo por ahí.-
Al ponerse en pie Julia, todo empezó a darle vueltas hasta perder el
equilibrio. Instintivamente se agarró al brazo de Antonio. El té
fue a parar al suelo.
- ¿Que le pasa señorita? ¿No se encuentra bien?-
- Creo que no.-
- Túmbese. Avisaré al médico.
- No es necesario. Necesito un poco de aire fresco.
Mientras Julia se recuperaba, Antonio no paraba de observarla.
A través de su camisón reconoció un cuerpo agraciado que
no había imaginado.
- Mucha gente se marea en el tren.-
- Bebí demasiado y no estoy acostumbrada. ¿Cómo te llamas?
¿Te puedo tutear?-
- Antonio. ¿Y tu?-
- Julia. Gracias por ayudarme. Me gustaría que me acepta...
- Creí que era usted distinta, pero veo que no. No me debe nada, es mi
trabajo y aquí no se admiten limosnas.-
- No era esa mi intención, tan solo pretendía invitarle a un café
y charlar un rato. Siento que se molestara.-
- No es culpa suya. Soy un metepatas impulsivo. Es producto de tratar con esta
gente. Estaba equivocado respecto a usted Julia, me alegra saber que no es cómo
ellos. Lo siento.-
- Me preocupa que me veas distinta a “ellos”. ¿Que te hace
suponer que no sea igual?
- Pues..., tu comportamiento, tu forma de hablar, tu sencillez, eso te hace
diferente.-
- Mira Antonio, llevo toda la vida soñando por ser lo contrario. Yo,
igual que tu, he servido a mucha gente y no me han faltado ocasiones para odiarlos
profundamente. Ahora me he situado al otro lado y quiero disfrutar de la vida.
Quiero hacer lo que siempre he deseado.-
- Pero aún así, eres distinta.-
- Veo que no entiendes nada. Estas cargado de rencor y no sé contra quien.-
- Soy escritor, me gusta escribir, pero no encuentro cauces para vivir de ello.
Tengo que trabajar en lo que no me gusta.-
- ¿Podrías enseñarme algo de lo que has escrito?-
- ¿Y para qué? No es nada del otro mundo.-
- Te propongo un trato. Yo seré el cauce que buscas, y así dar
salida al escritor que llevas dentro. Si de verdad vales, repartiremos beneficios,
si no, habré hecho un mal negocio.-
- ¿Y por qué harías eso? Tu no me conoces.-
- Me caes bien, creo que hay algo en ti que me resulta interesante. Si quieres
puedes verlo de otra forma. Soy, una nueva rica que se da un capricho a sí
misma.-
- No quiero tu dinero. No acepto limosnas.-
- Hace un momento buscabas un cauce, y ahora lo rechazas. Eres un inmaduro.
Tienes que aprovechar las pocas oportunidades que te conceda la vida. Yo lo
hago ahora. Mi ocupación principal es gastar dinero y pasarlo bien.-
- Julia, en Córdoba tengo la tarde noche libre. Me gustaría seguir
la conversación, pero tengo que volver al trabajo.-
- De acuerdo. Iremos a cenar al Caballo Rojo.-
- Pegado a la Mezquita está el Caballo Rojo. Julia y
Antonio se acomodaron en un cálido rincón del restaurante.
- ¿A que te dedicas Julia?
- Ya te lo he dicho. A gastar dinero y pasarlo bien. Estuve sirviendo a una
viuda rica. Hace un año falleció, y en su testamento me dejó
parte de su fortuna. Tengo 45 años y considero que ya he trabajado bastante.
Ahora quiero vivir.-
- ¿Estas casada? ¿Tienes hijos?-
- Eso da igual. Si quieres algo de mí, pídelo.-
- Me gustas Julia. Desde el día que te conocí en la primera cena
del tren, junto a tus acompañantes, ya no pude olvidar tú mirada.-
- ¿Quiere eso decir que aceptarías mi proposición de ayudarte
a ser el escritor que llevas dentro?-
- Julia, olvida ahora eso, quiero que me contestes acerca de tus sentimientos.-
- Te lo dije antes, eres mi capricho. Quien sabe, si más adelante...
- Me tratas como un objeto, yo no soy el capricho de nadie, tengo dignidad...
- No seas tonto y guarda tu orgullo para otra ocasión. Quiero que esta
noche hagamos el amor.-
- ¡ Eres una puta! No soy tu juguete.-
Antonio se levantó de golpe y salió del restaurante. Aquella noche
en el tren no pegó ojo. Todo era confusión interna que acababa
en rabia e impotencia. Se arrepentía y al momento dudaba. Lo que más
le torturaba, era el fuego que se propagaba por su cuerpo al imaginar a Julia
entre sus brazos. Así se le pasó la noche hasta que empezó
su turno en el bar.
En posteriores encuentros, las miradas de ambos se entrecruzaron, pero no se
dijeron nada.
El tren paró en Sevilla, para visitar la ciudad. Antonio, vio salir a
Julia con sus amigas. Durante el tiempo que estuvo atareado en su trabajo no
dejó de cavilar sobre que haría antes de que concluyera el viaje.
Finalmente decidió que hablaría con ella a su regreso.
Subieron los viajeros al caer la noche, pero Julia no. Sí, sus dos acompañantes.
No pudiendo aguantarse más se dirigió a ellas:
- Disculpen señoras. Saben algo de la Srta. Julia.-
- ¿Y por qué lo pregunta? ¿ Es usted familiar?-
- No, por supuesto. Pero debo darle un aviso.-
- Pues lo siento pero tendrá que dárselo en otra ocasión.
La Srta. Julia ha sido requerida por dos policías poco después
de salir del tren y ya no hemos vuelto a verla.-
Salió el tren poco después para cubrir su última etapa hasta Granada. Antonio se golpeaba contra el cristal, al tiempo que escuchaba la voz del Maitre dando ordenes a los camareros.
Mª Teresa Martín Matos, Delia Aguiar, Madeira, Dolores Sanabria y Juan Leante. 19/03/04
MUERTE
Un cazador; escopeta abierta sobre el antebrazo, cargada, zurrón vacío y perro que husmea por aquí y por allá. Camina monte arriba, laderas abajo hasta el cementerio. La tapia blanca le trae recuerdos de unas sábanas con dos iniciales bordadas y muchas almohadas bajo la espalda de su padre amoratado por la falta de oxigeno.
El perro busca entre la retama, levanta unas perdices que se ocultaban entre las matas. Cierra la escopeta, se la echa al hombro, mira y dispara. Los perdigones se adelantan. Vuelve a mirar y dispara. La perdiz cae dando vueltas, herida de muerte sobre una lápida de mármol. El perro ladra junto a la tapia encalada. Su padre, muchos antes de morir amoratado y por cosas que tienen las guerras, fusiló a bayoneta calada obligado como militar, en aquella misma tapia encalada por él mismo el día anterior, como civil.
La lápida de mármol se tiñe de rojo, como la carta de amor de un muerto; y el cuerpo de la perdiz tendido, parece esa última falta de ortografía cometida en el despiste final de la agonía. Ladra el perro, mueve el rabo, va y viene buscando la entrada. El cazador duda, mira al cielo, va a llover, muerte inútil sobre la lápida, cuerpo descompuesto por aguas y gusanos. Empuja la verja y ordena, acariciando el lomo, “ve a por ella”. Espera fuera, no quiere remover más tierra del pasado. De regreso a casa, entretiene el pensamiento con lo que va a comprar para cocinar esas judías con perdiz. Llegando, unas gotas golpean la cal de la fachada.
Con cardo, eso es. Unas buenas judías con perdiz y cardo. Y antes del guiso la imagen de Carmen desplumando el pájaro. Escaldará en agua muy caliente el cuerpo del ave, luego se sentará junto a la ventana y colocará el blando cadáver sobre el mandil. Dejará suspendido el cuello inerte desde el despeñadero de sus rodillas y arrancará el plumaje. Lo irá dejando caer lánguidamente alrededor de la luz, de la silla, y de sus piernas; como si lloviera suavidad a partir del cielo de su cintura. Eso es lo que más le gusta de la caza, ver como su Carmen se acentúa aún más entre las plumas, y cuando las pisa de camino al fogón, con la perdiz ya desnuda en una mano, le parece incluso que ella flota.
Sabía de muerte la muerta, y a paloma la Carmen, con la que después de comer vuela sobre un cielo de sábanas y un sol de carne. Paloma de carne dura, saber de muerte, sabor de vida, sábanas de cal, sol de fogonazo, cañón de pluma, disparo y cementerio... Ha bebido mucho vino en la comida. El padre. Los perdigones. Carmen.
Pepe Lillo El mentiroso, Francisco M. Aguado Blanco, Delia Aguiar, Lola Sanabria García, Raquel Rodríguez, José Vicente Aracil Lillo, Julián Orozco.
EL TRANSCANTÁBRICO
Un coche de la policía paró al lado del coche salón
del Transcantabrico. Bajaron un inspector y su ayudante. Tras mirar a su alrededor
y consultar con otro funcionario se subió al tren. Allí, requirió
a otro compañero un informe general de lo sucedido.
- Nos avisó el jefe de tren en Llanes, cuando descubrió el cuerpo
sin vida en el compartimento.-
- ¿Y es ciertamente el Sr. Millás? ¿ Juan José Millás
el escritor?-
- Sí señor, el mismo. Lo hemos comprobado.-
- ¿Que hacía el Sr.Millás en un tren turístico?,
¿Quién lo acompañaba?
¿Cómo ha ocurrido?.-
- Verá señor. Según la azafata de la compañía,
el Sr. Millás iba con un grupo de personas afines a su obra, con el fin
de hacer una prolongada tertulia en un entorno agradable y distendido como es
este viaje. Bueno lo último es una opinión personal.-
- Prosiga, por favor.-
- Según las personas interrogadas, estuvieron cenando juntos sin que
hubiera nada relevante. Después se fueron a sus cabinas para cambiarse,
antes de hacer una visita guiada al pueblo.
- Deme los nombres de sus acompañantes.-
- Delia, Ventaniana, Lola, Mª Teresa, Irene, Julián, Pablo, Pepe,
Manuel, Ruben, Roger, Ramón y Juan.
- ¿Tenemos informes de estas personas y sus primeras declaraciones?-
- Son gente normal, sin antecedentes. Algunos se conocían ya y otros
era la primera vez que se encontraban.-
- Explíquese.-
- Bueno, algunos de ellos ya estuvieron juntos en un encuentro al que no asistió
el Sr. Millás. El resto esperaba otra oportunidad para conocerse. La
asistencia del Sr. Millás fue a última hora cuando casi nadie
lo esperaba.-
- ¿Algún sospechoso?
- En principio no. Hemos indagado en la pagina del Sr.Millás donde se
conocieron, bueno físicamente no, a través de los relatos que
todos cuelgan con mayor o menor frecuencia. También participan en el
programa de La Ventana, donde el Sr.Millás selecciona semanalmente relatos
de los cuales extrae un par de ellos para leerlos en el programa. Por la lectura,
podría desprenderse que tiene sus incondicionales y sus detractores.
Bueno, diría críticos, pues de lo contrario no estarían
aquí.-
- Eso es una opinión gratuita. ¿Quiénes son, como dice
usted, los críticos?-
- Pepe, aunque ha recibido premios del Sr. Millás. Pablo, quien últimamente
cuestionaba la honestidad del Sr. Millás y Juan, un recién llegado
al foro que en uno de sus relatos ridiculizaba al escritor con un personaje
de dudosa honestidad.-
- Esta bien. Deme el informe del forense y reúnalos en el coche salón.
Los interrogaré en la cafetería. Llame primero a Pepe.
- Sí señor. Enseguida.
No hacía falta, pues todos estaban allí. Asustados, sin intercambiar
palabra alguna. El policía entró y llamó a Pepe. Sorprendido,
pero como hipnotizado, siguió los pasos del funcionario.
Este tío me quiere cargar el muerto. Pero no pienso decir
ni pío. Yo estaba en mi compartimento, cogiendo mis relatos para que
Rubén los leyera".
Llegó a la cafetería, donde lo aguardaba el inspector tomándose
un agua mineral, y se sentó sin esperar a que lo invitaran.
Hubo un silencio de tintineo de cristal y tamborileo de dedos. Pepe Lillo, miró,
distraído, alrededor. Al cabo de un rato, el inspector carraspeó
y dijo:
- Así que usted es...
- ¿No lo sabe?-, se engalló Pepe
El inspector había sacado un cuaderno de tapas negras y se disponía
a escribir. Dejó el bolígrafo en el aire y miró irritado
al sospechoso. Sería su sospechoso número uno, decidió.
- Soy Pepe, y también Rosa y...
- Bien-, cortó el funcionario- ¿Dónde estaba entre las
doce y las tres de la madrugada?.
- En mi compartimento. Dejé a los demás en el salón y me
fui a buscar mis relatos. Eso hice.
- ¿Tiene alguien que lo corrobore?.
- Es usted duro de oído, amigo. Ya le he dicho que todos me vieron salir...
- Ya,lo vieron salir, pero después nadie sabe cuales fueron sus pasos.
- Bueno, los que se quedaron...
- Usted no sabe una mierda. Eso de que se quedaron es pura invención
suya. En el salón no había nadie -, le cortó el inspector
escupiendo chispas de saliva que se estrellaron en la cara de Pepe Lillo quien
sacó un pañuelo, lo pasó por la cara, y dijo tranquilamente:
- Si usted lo dice.
-¡Vaya a reunirse con los demás!-, chilló el inspector cargado
de odio.
Pepe Lillo entró en el vagón. Traía una sonrisa enorme
que irritó a Julián.
-Lola, te toca, no lo digo yo, lo dice la autoridad –dijo Pepe refiriéndose
al inspector, y señalando la puerta con el pulgar, como quien hace autoestop.
-¿A mí? –repuso Lola– Hala, venga, vamos, lo que antes
empieza antes acaba, yo no he visto cosa igual, se va a enterar el tío
este...
Cuando el inspector la vio entrar detrás de sus gafas grandes y debajo
de su moño también grande pensó que si aquello fuese una
novela policial, ella no podría ser la asesina. La invitó a sentarse.
-¿Permite? –preguntó Lola después de hurgar en el
bolso, sacar un puro, y blandirlo simpáticamente.
-Faltaría más –el inspector tuvo la certeza de que estaba
dentro de una novela policial. Y de que ella no era la asesina.
-Oiga –empezó Lola, dando manotazos a la bola de humo blanquísimo
que había salido de su boca – usted tiene un aire a Juan Rulfo
¿lo sabía?
-¿Juan Rulfo? Pues... no sé, puede, pero, a ver, a ver, ¿aquí
quien pregunta, usted o yo? Seamos serios, por favor, ¿dónde estaba
usted entre las doce y las tres de la madrugada?
-Entre las doce y las tres, durmiendo.
-Durmiendo –apuntó el inspector-Entonces, ¿usted no fue
a leer relatos al salón? ¿Qué hizo Pepe Lillo?
-Oiga, no me atosigue, las preguntas de una en una por favor. Sí que
fui a leer relatos al salón pero entre las doce y las tres estaba durmiendo.
Y no sé lo que hizo Pepe Lillo, qué pregunta, por Dios.
-Bueno, bueno vaya con los otros... -Lola salió y el inspector se quitó
la corbata.
Le tocó el turno a don Francisco Manuel Aguado que se plantó firme
ante el inspector y se sentó sin esperar la invitación.
-Veamos, Sr. Agudo, entre las 12 y las tres...
-Disculpe, disculpe, yo soy Aguado, Sr. Aguado.
-¡Ah! ¿No es usted Agudo?
- Sí, sí, eso también.
- ¿En qué quedamos?
-No quedamos en nada, ni en ningún sitio; he venido porque usted me ha
llamado.
- Bueno, vale... Entonces, Sr. Agud..., Sr. Aguado, entre las 12 y las 3, ¿qué
hizo usted?
- ¿Entre qué 12 y qué 3?
- ¡No se me haga el tonto!
- Soy incapaz.
- Le pregunto por las horas que mataron al Sr. Millás.
- No creo que las horas maten a nadie.
- ¿Me va usted a contestar?
- Pregúnteme.
- ¡Guardia! Este palomo al coche celular y bien vigilado. ¡Se va
a enterar!
Una vez que el guardia dejó al “palomo” en
el celular volvió a ocupar su sitio junto al inspector, mientras éste
le volvía a dar instrucciones.
- Al Agudo hay que vigilarle de cerca. Tiene motivos para el asesinato, al parecer
es compañero de plancha permanente de uno de los del grupo. Creo que
le escribió una misiva intimidatoria a Millás diciéndole
que “O le enviaban una plancha dónde sólo figurasen “ambulos”
y fotógrafos o se atendría a las consecuencias”. También
envió otra carta parecida a Gemma Nierga. Por lo visto ella se quejaba
de que el asesinado le leía demasiado.
El guardia volvió a bajar, encendió un cigarro, y no dejó
de mirar de forma recelosa al ocupante del coche celular.
- Rubén te llama el “Rulfo” – dijo Lola.
Rubén carraspeó un poco para aclararse la voz. En momentos como
éste nunca se sabía. Quizá para poner algún ejemplo
tuviera que tirar de Borges y recitar algo suyo. ¿Habría leído
el hombre que iba a cuestionar su bondad El Aleph?. Barajando esa posibilidad
Rubén respiró hondo y entró en el improvisado vagón
de interrogatorios. “Rulfo” agarraba su corbata. El extremo más
pequeño era agitado de forma circular en el aire. Rubén le imagino
sentado sobre un caballo: ahora era un vaquero en busca de ganado. El jinete,
sin dejar de hacer círculos con el pedazo de tela habló:
- Parece ser que usted es un detective aficionado.
- Detective puede ser, aficionado nunca.
- Vaya, vaya, ¿profesional entonces?.
- Infalible diría yo.
- ¿Sospecha usted de alguien?.
- Eso se queda para mi señor ...
- Inspector, puede llamarme inspector. Le recuerdo señor Bort Navarro
que éste es un interrogatorio oficial y que hay un muerto, un cadáver
de alguien importante, usted también es sospechoso, su silencio le puede
perjudicar.
- Si las suyas son preguntas oficiales, quiero que mi abogado esté presente.
- Su abogado, su abogado ¿acaso viaja en este tren?.
- Sí, es Orozco, Julián Orozco, más conocido por ser el
autor de El Tete.
“Rulfo” hizo un gesto con la cabeza a su ayudante y éste
salió en busca del abogado.
- Inspector - Interrumpió el ayudante.
-Según el forense, la muerte le sobrevino al Sr. Millás cuando
estaba de espaldas. Fue apuñalado de arriba a abajo. A juzgar por donde
se situa la herida, el asesino debe medir como 1,75m y tiene bastante fuerza.
También se puede deducir que la víctima conocía a su agresor.
No hay ningún rastro de forcejeo.-
-¿En que está pensando?-
-Si me permite. Pensaba en que algunos de los presentes se conocían,
pero otros no. Puede que alguien esté suplantando a otra persona. Ya
sabe usted que utilizan seudónimos. Vamos, que podemos estar ante algún
loco con desdoblamiento de personalidad.-
-No es mala línea de investigación.-
-Inspector. Hay en el grupo dos personas que utilizan varios nombres. Una es
Ventaniana y otro Pepe Lillo. De este último podríamos decir que
es un poco... usa nombres de hombre y mujer.-
-No me joda. Vaya panda de taraos que me ha caído encima. Mantengalos
aislados y sobre todo al abogado. Informese a que bufete pertenece ese picapleitos.-
El picapleitos en cuestión no pertenecía a ningún
bufete, según pudo comprobar el ayudante, pero le dio mala espina que
el tal Orozco tuviera su compartimento en perfecto orden.
-Demasiado orden, señor inspector. Tal vez haya borrado pruebas-, informó
inmediatamente.
-Traígalo inmediatamente aquí. Y si se resiste, póngale
las esposas. Se le va a caer el pelo.
El ayudante soltó una risotada y salió a buscar al señor
Orozco.
- Me han dicho que usted es abogado, ¿es así?.
- A veces.
- ¿Cómo que a veces?
- Que hago esto y lo otro, según tercia. También me gusta ejercer
de apuntador.
- ¿Se está quedando conmigo?.
- Yo, de quedarme, me quedo con El Quijote, o mejor aún, con Dulcinea.
El inspector soltó el aire de los pulmones de golpe, sacó el arma
reglamentaria y encañonó a Orozco.
- Ustedes me están tocando ya los cojones. Tarados, que son todos unos
tarados ¿quiere que le descerraje un tiro?.
- ¡Dios me libre!
- Pues diga dónde estuvo la noche de autos entre las doce y las tres
de la madrugada.
- Tomando pacharán con mis amigos. Y fumando, sin fumar, un puro.
- ¡Al coche celular con él!. Ayudante, léale sus derechos.
Julián hacía círculos con los brazos arriba
y abajo, un ejercicio que había aprendido de tanto mirar a los molinos,
para que el ayudante no pudiera esposarle.
–¿Pero que hace usted, hombre? ¿Se va a estar ya quietecito?
–decía el hombre muy serio con las esposas en la mano.
Pero el letrado seguía en silencio venga a mover los brazos, completamente
concentrado en su ejercicio.
Los demás miraban la escena perplejos, como si Julián fuera a
salir volando de un momento a otro.
Entonces llegó el inspector y le dijo al ayudante que saliera un momento.
Habían encontrado una prueba, reveladora y definitiva, que podía
comprometer a más de uno de los acusados. En un bolsillo del pantalón
de la víctima, había una nota escrita a mano, que decía
“NO TOCAR”. El difunto no llevaba bolso ni bolígrafo alguno,
de manera que aquello no podía haberlo escrito él. O bien lo había
cogido de algún sitio, o alguien lo había metido en su bolsillo
derecho sin que se diera cuenta.
- Señor, no entiendo que significado puede tener ese descubrimiento.
Pudo, como bien dice, haberlo cogido de cualquier sitio o que alguien lo pusiera
en su bolsillo. ¿Pero quien?. Por cierto, yo venía a decirle que
de los testimonios del personal de a bordo, la azafata Miss. Madeira, vio a
la Srta. Délia, llamar a la puerta del Sr. Millás sobre las 12,45h,
aunque no puede precisar si entró o no, en el compartimento.-
- Bien, pues es un detalle que tendrá que aclararnos la citada señorita
Celia. Parece que las cosas van en la buena dirección.-
- Es Delia, señor. ¿La llamo Inspector?-
- No, aún no -
El inspector apuntó algo en su libreta y luego le pidió
a su ayudante que se fuera a buscar a la tal Madeira.
Salió el policía y, al poco volvió solo.
-Lo siento señor pero la azafata no puede venir. Razones de fuerza mayor
se lo impiden.
- ¿Qué chorradas está diciendo?. Esto no es una película,
déjese de tonterías y dígame por qué no puede venir.
- El señor Millás le ha puesto la zancadilla-, siguió el
ayudante con su retórica, pero la mirada del jefe, le hizo aligerarse
de palabras- Ha resbalado en la sangre del muerto y se ha dado un buen golpe
al caer. Ahora la está viendo el forense.
- ¿Y qué tiene que ver el forense en una caída?.
- Es lo que tenemos a mano, venía a certificar lo del Millás y...
- Ya, ya, ya sé a qué venía. Bueno pues, en ese caso, haga
pasar a...
Un enorme alboroto que llegaba de la cafetería, dejó la orden
sin concluir.
-¿Que coño pasa aquí?- dijo el Inspector
a los presentes.
-Llevamos casi un día aqui encerrados y nadie se ha dignado a darnos
un vaso de agua o algo con que aliviar este suplicio. ¿Cuando nos vamos
a poder marchar?- Inquirió Lola.
- De aquí no sale nadie hasta que yo lo diga.-
El Inspector llamó a su ayudante y le dijo muy bajo al oido:
- Salvo Ventaniana, Lola, Cel... digo Delia, Julian y Ruben, los demás
puden marcharse. Pero dígales que tienen que estar localizables por si
es necesario llamarles de nuevo.-
- Pero señor, algunos de ellos todavía no han prestado declaración-
- No es necesario. Se lo que me hago. Llame a Delia.-
Al cabo de unos segundos estaba sentada frente al Inspector con cara de circunstancias.
- ¿Me puede usted decir cual es la razón por la cual llamaba a
la puerta del Sr.Millás, sobre las 12,15h de la pasada noche?-
Delia se sintió un tanto angustiada al comenzar el interrogatorio:
- Fui a decirle que le estabamos esperando para hacer la visita a la ciudad.-
- ¿Le abrió la puerta?-
- No.-
- ¿A que hora sucedió?-
- Serían las 00,30h.-
- ¿Que hizo entonces?-
- Volví con los demás.-
- ¿Estaban todos?-
- Bueno, faltaba Ventaniana, pero al poco bajó.-
- ¿Sabe donde había estado y que hora era cuando apareció?-
- Lo primero, no lo sé. ¿La hora? Sobre la 1.10h.-
- ¿Recuerda que hicieron después de cenar?-
- Nos fuimos retirando poco a poco. Algunos nos quedamos escuchando como tocaba
el piano Ventaniana.-
- Pero eso no está permitido.-
- Sí, pero Millás pidió permiso a la azafata. No le puso
reparos. Solo fue un momento.-
- ¿Quiénes fueron los últimos en irse?-
- Ventaniana y Millás.
- ¿Y por qué ellos dos solos?
- Sintonizaban bien hablando de su última publicación.-
- Gracias. Puede retirarse.-
El inspector llamó a su ayudante:
- Llame a Ventaniana.-
A los pocos segundos estaba frente a él.
- Dígame de que hablaron el Sr. Millás y usted.-
- Sobre su nuevo libro.-
- ¿Solo eso?. Espero por su parte una mayor colaboración.-
- Verá...me confesó que se había enamorado de Nevenka.-
- Y por que piensa que le contó a usted, una desconocida, esa confidencia.
¿Le dijo si alguien más lo sabía?-
- Me lo contó porque tenía un mal presentimiento. Tenía
que hablar con alguien y me eligió a mí.-
- ¿Le dijo si esos sentimientos eran correspondidos?. Y ¿a qué
tenía miedo?-
- Creo que él, sin estar seguro, intuía algo en ella, como para
tener esperanzas. En cuanto a sus temores carecía de pruebas, pero no
dudaba que algunas personas estaban bastante cabreadas con él. Al despedirnos
me dio las gracias por escucharle.
- Muy bien. Puede marcharse.-
El inspector era un hombre algo nervioso y todo aquello lo estaba
sacando de quicio.
- Deme un cigarro-, ordenó al ayudante- Y vaya a la cafetería
y me trae una botella de whisky.
- Señor inspector...
- ¿Qué, qué, qué?-, voceó el inspector fuera
ya de sus casillas.
- Que ya sabe lo que pasa. Usted no puede fumar ni beber, recuerde lo de la
última vez...
- La última vez me llevé esposado al tipo este, al Millás,
por haberse metido con la autoridad militar. Entonces ya me costó un
disgusto. Fue sacarlo por la puerta y llevarme la pedrada. Veinte puntos de
sutura en la cabeza. Y del susto, una angina de pecho. Y ahora van y dejan fiambre
al tipo. Hasta muerto es un tocacojones el Millás este. Vaya a por tabaco
y whisky, este trago no lo puedo pasar en seco.
El ayudante se fue y el inspector se quedó maldiciendo su mala suerte,
maldiciendo la democracia que, a fin de cuentas era la culpable de todo, pues
daba alas a tipos como el Millás y a esa Ventaniana de las mil caras,
y no digamos del venado ese que anda todo el día diciendo que a él
lo que le gusta es conducir trenes, que ya ha hecho varios intentos de mover
la máquina; y la del puro, que parece que sabe que yo tengo mono y me
echaba el humo encima; y el picapleitos, y todos los demás tomándome
el poco pelo que me queda. Ay, que me parece que me está empezando ese
dolorcillo en el hombro, ese ahogo..
Y estando ya con el brazo izquierdo mitad carne, mitad corcho,
vio horrorizado como entraba Juan José Millás con el cuchillo
clavado en el pecho, todo ensangrentado, riendo y hablando con toda la corte
de monacillos que también se reían a dos carrillos. Ahora sí,
ahora el inspector tenía el típico ahogo de corbata y ya los ojos
se le volvían blancos. El ayudante, lívido, se acercó corriendo
y le puso un par de pastillas bajo la lengua.
- Creo que nos hemos pasado-, dijo Julián Orozco, avergonzado.
Millás se arrancó de un tirón el cuchillo de pega y se
acercó, conciliador, al inspector.
- Venga, hombre, que no ha sido nada. Vayamos a la cafetería y le contaré
aquello de la mujer que enterraron embarazada mientras el marido estaba de viaje...
El inspector los llamó para sus adentros cabrones pero puso una sonrisa
de oreja a oreja. Al fin y al cabo, estaba rodeado de tarados. Y todos le tenían
ganas.
Arrimado al Cantábrico, al este de Llanes, está el pueblecito de Cué. Un antiguo lugar de establos y praderío inagotable, protegido de las galernas por acantilados verticales desde donde los paisanos pescan el calamar y el "xiaragu". Hoy apenas quedan vacas, pero han crecido dos hoteles sobre la escondida playa que juega al escondite inglés con la marea, mientras turistas aficionados a la pintura retratan las callejas típicas del caserío. Hasta allí se fue el grupo, a sugerencia de Mª Teresa, empeñada en bañar a un tal Lidio, y asesorados por Enma, que había llegado desde Oviedo y conocía aquello mejor que nadie. A regañadientes, el letrado aceptó una propuesta que no se le había ocurrido a él, aunque logró imponer "su" modo de llegar:
- A pata chicos, por el atajo, a la orillica del mar: En cuanto
crucemos la playa de Toró, que tiene un paisaje lunar, subimos un repecho,
rodeamos unos cuantos prados y caemos al hotel donde nos tendrán preparados
unos chorizos a la sidra y una buena fabada. Me lo debéis, que he tenido
que hacer un papelón para que no nos imputen un delito de faltas y veremos
si, al final, no nos multan por los perjuicios causados y molestias. Sólo
son tres cuartos de hora, así que…
Hubo algunas protestas, sobre todo femeninas, particularmente lolailas con pretextos
de juanetes u otras callosas dolencias. Sin embargo, Millás apoyó
la moción alegando que, pues acababa de resucitar, se le concediera aquel
primer deseo de contemplar el oleaje desde el prado y respirar el aire puro
con olor a "cuchu". Chitón la del puro, amén las demás,
el resto que vale…
Cuarenta y cinco minutos después -¡qué cálculo el del letrado!- asomados desde el mismísimo borde del talud, admiraban el mareante ajetreo de las aguas, veinte metros abajo. Todos menos Juan, que se colocó detrás de Millás y sin que nadie pudiera evitarlo…
Lola Sanabria, Ventaniana, Delia Aguiar, Julián Orozco, Rubén Bort yJuan Leante
ANIVERSARIO
Los tordos volvieron ayer, a cientos, para recordármelo. Esta vez los esperaba, llevaba días mirando los cables de teléfono vacíos. Hoy, al salir de casa hacia el trabajo, los he vuelto a ver, en el mismo lugar de siempre, acariciando las palabras con sus patas. En la oficina he intentado disimular mi alegría para que nadie me hiciera esa clase de preguntas a las que tengo que responder con mentiras. Después, he visto mi reflejo dudando sobre el cristal de un escaparate, y he terminado comprándote esos bombones que tanto te gustan. ¿Los envuelvo para regalo? Claro, yo no puedo comerlos ¿sabe? Tengo azúcar... Los he guardado aquí arriba, en el desván, en el mismo sitio en el que escondíamos los juguetes de reyes, ¿te acuerdas...? Como han crecido... Ahora son ellos los que cuidan de mí, los que me dicen que no olvide la medicación, y que no fume... Y que vaya al cine, y que me divierta, y que no te escriba... Y ahora soy yo el que se comporta como un adolescente, saltándose las reglas a escondidas.
He abierto una botella de cava para celebrarlo, clandestinamente, y me he refugiado a escribirte. Quería contarte que las cosas van bien, que tenías que ver las notas que saca Luis ahora, si sigue así en dos años tenemos un abogado en casa. Como se parece a ti; tiene tu ironía y tu risa, y hasta tus mismos miedos. Lucía, sin embargo, ha salido a mí; siempre tan seria... Quería decirte que los geranios se están quedando huecos, debe ser la mariposa africana esa, que deja los tronco vacíos... Quería decirte en fin, que te quiero, aunque parezca ridículo, que te sigo queriendo después de tantos años. Por eso estoy aquí, escribiéndote a escondidas y bebiendo a sola frente una caja de bombones envuelta en papel brillante con la que no sé qué hacer.
A lo mejor la dejo así hasta que llegue la Navidad, y en la noche de reyes la pondré bajo el árbol, junto a los otros regalos, y luego me esconderé como hacía de niño, entre las cortinas, para sorprenderte cuando vengas a buscarlos, porque en las noches mágicas todo vale. Y te hablaré de tantas cosas..., aunque no me convenga. Igual que no me conviene recordar los aniversarios, ni el dulzor de tu boca, ni la suavidad de tus manos, ni tu nombre siquiera. Ni que los tordos regresen a primeros de noviembre para decirme que te fuiste sin mí y para siempre.... Por eso no les hago caso a tus hijos, porque tengo miedo a olvidar el dolor y con él, todo lo demás. Y porque lo único que me queda ya, es el derecho a vivir con tu ausencia, vacío, hueco, como los geranios enfermos, escribiéndote cartas de amor que luego no sé dónde mandar. Intentando contarte en todas ellas, a pesar de las trampas que esconden las palabras, que te quiero más que me dueles, que cuido este dolor con mimo, para que no se me muera, y que si pudieras volver, aunque solo fuera un momento, aunque fuera mentira. Me conformaría con un instante, solo eso, para decirte, otra vez, adiós.
Nota al pie
Los tordos dejaban los olivos pelados. Yo los veía caer en picado y, casi sin detenerse, alzarse con al menos tres olivas en las patas. Los días de niebla, no sabía si el tordo que salía disparado hacia el cielo era el mismo que había visto entrar o bien otro que ya andaba por allí abajo.
Renota al pie
Voy a ir al médico. Voy a ir al médico para contarle. “Los tordos han vuelto”, le diré, “Quieren que recuerde”. “¿Recordar?”, dirá él y entonces yo hablaré. Qué facilidad tienen los médicos para que uno hable: “¿Recordar?”, dirá y yo empezaré a relatarle los huecos de tu ausencia, a contarle que te escribo a escondidas. Luego le haré un dibujo del olivo pelado para representarme: “Así soy yo ahora”. Y él mirará el dibujo y dirá “¿Ahora?” y yo le volveré a contar que no sé dibujar los huecos de tu ausencia pero que últimamente se me da muy bien pintar autorretratos. Ayer me dibujé otra vez, sobre el papel apareció el tronco vacío de un geranio.
Pepe Lillo, Rubén Bort Navarro, Raquel Rodríguez
Hortelano
Carta de Amor Febrero 2004